La fe

La fe

Es importante considerar que si bien en la siguiente información utilizamos referencias bíblicas, en realidad todo está basado en lo que Dios nos ha dicho directamente.

La fe no es producto de la experiencia, ni del intelecto, ni de la preparación, sino de una legítima intención. Inicialmente la fe será el resultado de una decisión. En otras palabras, yo decido creer, o decido no creer.

Yo no responderé delante de Dios por mi experiencia, ni por mi intelecto, ni por mis acciones. Responderé por mi intención de decidir creer o no creer. Lo que le agrada a Dios de mí, es que yo crea en Él. Y el que cree en Dios es nada más aquel que decide creer. Y así lo hará cada vez que por su andar por esta vida se pregunte por qué, siempre contestará que decidió creer. Personalmente, lo decidiré una y otra y otra y otra vez. Y al final de la vida como un legítimo Guerrero de Dios podré decir que he peleado el buen combate, he llegado al fin del camino, he guardado la fe. (2 Timoteo 4-7).

Hoy sé que no puedo depender de mi conocimiento y experiencia para obtener fe espontáneamente, ni de mis sentimientos para despertarme creyendo en Dios. No deberé convertir a mi fe en la necesidad de entretenerme con un show, de distraerme con un espectáculo religioso o altruista. Hay quienes saltan y gritan y se tornan eufóricos, pero confunden ese entusiasmo con fe. En ese momento se creen capaces de saltar montañas, de caminar sobre el agua y volar igual que las aves. Pero son emociones y nada más. Nada de esto tiene que ver con la fe. Nunca de las emociones vendrá la fe, ya que la fe y las emociones son dos cosas distintas. Si llegara a confundir las emociones con la fe, sólo podré esperar una gran desilusión. Si yo buscara hacer de las emociones el fundamento de mi fe, sería como pensar que por la fe todo me saldría bien y nada podría salirme mal. Muy pronto me encontraría de frente con la cruda realidad.

La inteligencia considera opciones, argumentos y experiencias y llega a una conclusión sobre la postura más razonable o más conveniente. Pero esa conclusión no implica necesariamente una decisión. Puedo estar plenamente convencido de que tal o cual camino en la vida me proporcionará ciertos beneficios, pero puedo optar por no decidirme por ese camino temiendo al fracaso, o por pereza, o por muchos otros motivos que nada tienen que ver con la inteligencia. La razón me permite tomar decisiones, pero sin la seguridad de que estoy haciendo lo correcto. Puedo estar convencido de la conveniencia o razonabilidad de una decisión, pero acabo inclinando mi voluntad en el sentido contrario por motivos que ni siquiera entiendo en ese momento.

La razón no es base firme para la fe, porque depende de la mente que es un elemento no muy confiable. Esto no quiere decir que la fe es una razón ilógica. Quiere decir que cuando todo ha sido dicho y todos los argumentos escuchados, igual es necesario un esfuerzo de mi parte. Que la mente no sea enteramente digna de confianza no significa que haya necesidad de comprender la Voluntad de Dios. Debo de creer sin reservas que ante Dios no soy nada y que sin Él nada tengo. Si en determinado momento mi mente me afirma que creer en Dios es locura, pues a mi mente le responderé que efectivamente soy un loco que cree en Dios.

Deberé usar la razón que Dios me ha dado para glorificarlo a Él. Tengo que usar la razón evitando que tome el lugar de mi fe. Debo permitir que las emociones fluyan de acuerdo a la Voluntad Divina, pero no deberé confiar en ellas para que sustituyan a mi fe. La fe es simplemente mi constante decisión de creer en Dios. No debo desanimarme al creer.

La decisión de creer no se toma apenas una vez, como si fuera el principio y el fin de la vida. La decisión de creer la tomo cada vez que soy llamado al servicio de Dios, ya que mi naturaleza nunca quiere lo que mi espíritu quiere, siempre están en oposición. Es por esto que hasta las cosas más pequeñas e insignificantes requieren de una decisión de creer. ¿No estarán abusando de mí? Debo decidir creer. ¿No quiero hacer lo que debo hacer? Debo decidir creer. ¿Dejarme guiar es lo mejor para mí? Debo decidir creer. ¿El camino espiritual que estoy recorriendo será correcto? Debo decidir creer. ¿Participar como guía en la Conciencioterapia© me coloca al servicio de Dios? Debo decidir creer. Si no decido creer en Dios, solo me llevará a continuar haciendo de mis decisiones y de mi vida un constante error.

Cuando una persona concluye su personal proceso de Conciencioterapia© y luego de terminar su primera descarga emocional®, cualquier duda sobre la existencia de Dios desaparece, ya que pudo por ella misma comprobar su existencia. Así inicia este camino espiritual con la decisión de creer en Dios, pero sólo es un comienzo, debe de trabajar todos los días para reafirmar su fe. Es por esta misma razón que comprende que su fe depende totalmente de la Voluntad de Dios, por eso lo enseñamos en particular, sin intenciones religiosas o sectarias, a que se mantenga orando pidiéndole a Dios que siempre le ayude a fortalecer su fe.

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